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Reestructuración sostenible vs el mito del desarrollo sustentable

Nos repiten una y otra vez que el camino correcto es movernos hacia un modelo de “desarrollo sustentable”. Y en el imaginario colectivo eso suena bien: un mundo con agua limpia, bosques verdes, energía solar, aire respirable y, de paso, un poco de paz mundial.

Pero, si lo piensas bien, hay una contradicción muy fuerte entre lo que significa “desarrollo” y lo que entendemos por “sustentable”. Esa disonancia es la que quiero poner sobre la mesa. No para imponer una verdad absoluta —porque ni creo en ellas—, sino para compartir algo que a mí me hizo ruido. Mucho. Y cuando ese ruido se vuelve constante, algo dentro de ti ya no te deja mirar el mundo igual.

Sé que puede parecer una locura, incluso “peligroso” que una bióloga diga que el desarrollo sustentable es un mito. También lo dudé. Me pregunté si estaría exagerando. Pero si llegaste hasta aquí, déjame explicarte por qué esta idea no es tan descabellada como suena.

Las definiciones (y quién las controla)

Cuando buscaba definiciones básicas de estos conceptos, me sorprendió ver que las primeras que aparecen en internet están ligadas a bancos y organismos financieros. No universidades, no comunidades científicas, no pueblos indígenas. ¿Casualidad? No lo creo.

La que más se cita viene de un informe de la ONU en 1987, donde se definió el desarrollo sustentable como:

“El desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.”

Comisión Bruntland de 1987

Y sí, suena hermoso. Pero también suena muy genérico. ¿Quién decide cuáles son esas “necesidades”? ¿Las de quién?

¿Qué implica “desarrollarse”?

La palabra desarrollo, por sí sola, ya nos deja claro hacia dónde se quiere mirar: crecimiento, aumento, expansión, progreso. Todo eso suena a “más”. Más infraestructura, más empleo, más productos, más consumo.

Y aquí viene el choque: ¿cómo puedes crecer de forma infinita en un planeta que tiene límites?

Porque el discurso que nos venden es: “Sí se puede crecer económicamente, cuidar el ambiente y asegurar justicia social”. Todo al mismo tiempo. Pero si lo piensas con calma, eso no siempre es compatible. Y en muchos casos, termina siendo una especie de triángulo imposible.

El triángulo de lo insostenible

Pongamos un ejemplo sencillo: Digamos que decides crear un producto ecológico. Lo haces con ingredientes orgánicos, contratas a personas con sueldos dignos y evitas usar químicos contaminantes. Todo va bien… hasta que llega el punto de venderlo. Para cubrir costos justos, ese producto tiene un precio más alto que los convencionales.

¿Quién puede pagar eso? O gente con cierto nivel económico o gente que está muy consciente del problema y hace un esfuerzo para consumir distinto.

Y entonces surge la gran contradicción: si el desarrollo sustentable busca que nadie se quede atrás… ¿por qué solo unos pocos pueden acceder a sus beneficios? ¿No es eso una forma elegante de elitismo verde?

Si todo tiene precio, ¿cuánto cuesta la vida?

Una de las cosas que más me hizo cuestionar este sistema fue cuando empecé a estudiar el valor de la biodiversidad. No solo lo que “nos da” (comida, medicinas, aire limpio), sino el valor que tiene por existir. Sin que tenga que servirle a nadie. Y me topé con un debate que, honestamente, me sigue revolviendo por dentro: ¿Deberíamos ponerle precio a la naturaleza para protegerla?

Por un lado, suena lógico en un sistema que solo entiende lo que puede medir. Si talas un bosque, debes pagar una multa. Si contaminas un río, debe haber una compensación. Pero por otro lado… ¿de verdad creemos que el dinero puede reparar lo irreparable? ¿Un bosque vale por cuántos muebles se pueden hacer con él? ¿Una especie vale por si es rentable o no conservarla?

Este es el meollo del asunto: mientras sigamos pensando que todo puede resolverse con dinero, estamos perdiendo de vista lo más importante. No puedes comer dinero. No puedes beber petróleo. No puedes respirar un recibo de pago.

¿Quién decide qué es “desarrollo”?

Uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es que unas cuantas personas —o instituciones— deciden lo que es “bueno” para todos, y en nombre de ese “bien común”, terminan imponiendo decisiones que benefician a pocos y perjudican a muchos.

Los gobiernos, por ejemplo, pueden autorizar el dragado de los mares o la tala de bosques, aun cuando las consecuencias a largo plazo sean irreversibles. Y muchas veces, lo hacen sin tener información suficiente, sin escuchar a las comunidades afectadas, o simplemente ignorando la evidencia ambiental. Porque claro, en sus informes puede más la promesa de una derrama económica que la certeza de una pérdida ecológica.

Hay empresas que extraen más agua de la que deberían, sin importarles dejar comunidades enteras sin acceso. Que contaminan y luego pagan una multa como si con eso limpiaran los ríos. Que reparten empleos mal pagados mientras se paran el cuello diciendo que están “ayudando a la comunidad”.

Y lo más grave: muchas veces lo hacen con el respaldo de leyes hechas a su medida.

No es una exageración. Es el pan de cada día en muchos territorios.

El dinero como justificación de todo

Vivimos en un sistema donde la justificación reina es: “pero genera empleo”.

Como si eso fuera suficiente para validar cualquier daño. Como si las únicas formas de “progreso” fueran las que implican consumo, producción y extracción. En una manifestación de impacto ambiental real para un proyecto de un gasoducto en México, la empresa reconocía más de 14 impactos negativos… pero lo “compensaba” con uno positivo: la creación de empleos.

¿De verdad ese es nuestro estándar? No digo que esta empresa se jacte de ser sostenible pero de verdad es ridículo hasta donde llevamos el impacto ambiental con tal de justificar el “progreso”.

Aquí no se trata de vivir en cuevas ni de renunciar a la tecnología. Se trata de no imponerle al mundo entero una sola visión de cómo vivir, crecer o desarrollarse, sobre todo cuando esa visión ha demostrado ser destructiva.

Las voces que no escuchamos

Muchas veces, cuando se habla de “incluir a comunidades marginadas”, lo que se quiere decir en realidad es: “integrarlas al sistema”. ¿Y si ese sistema no les sirve? ¿Y si ya tienen uno que sí funciona, uno basado en relaciones distintas con la tierra, el tiempo, la vida?

No estoy romantizando la pobreza ni idealizando el pasado. Estoy cuestionando por qué asumimos que nuestro modelo occidental de éxito (propiedad, crecimiento, acumulación) es el que debe regir en todas partes. Tal vez, más que integrarlos a nuestro mundo de deudas y horarios rotos, tendríamos que aprender de sus formas de habitar y regenerar.

Pero eso no conviene. Porque implica renunciar al control, al confort, y a esa fantasía de que podemos seguir creciendo eternamente sin consecuencias.

¿Y si no se trata de ideologías sino de ecosistemas?

La discusión muchas veces se vuelve un debate estéril entre “capitalismo”, “socialismo” o “comunismo”. Pero… ¿y si eso también es parte del problema? Ninguno de esos sistemas se diseñó con base en lo que necesitan los ecosistemas para regenerarse. Todos, en mayor o menor medida, han fallado en cuidar la vida.

Tal vez la clave no está en ideologías, sino en mirar los sistemas naturales como ejemplo: en la naturaleza no hay basura, no hay exceso, no hay jerarquías impuestas. Todo lo que nace, regresa. Todo lo que sirve, se transforma. Lo que no coopera, desaparece. Imaginar un sistema social con esa lógica puede sonar utópico, pero seguir con el sistema actual es, literalmente, suicida.

Donde pones tu atención, pones tu energía

Si nuestra atención está siempre en “producir más”, inevitablemente desgastamos. Pero si la atención se pone en regenerar, sostener, compartir, puede que el rumbo cambie. No podemos vivir pensando solo en lo cómodo. No se trata de renunciar a todo, sino de renunciar a la idea de que se puede tener todo sin consecuencias.

Una especie más (y no la más lista)

Hay una idea que a muchos nos cuesta aceptar: somos animales. Una especie más en la red de la vida. No los protagonistas. No los jefes. No los “más evolucionados”. Solo una especie más.

Nos cuesta porque crecimos con narrativas religiosas o económicas que nos colocan como centro del universo. Porque creímos que nuestra inteligencia, tecnología o lenguaje nos hacían superiores. Pero cuando vemos las cosas desde la ecología y la evolución, todo eso se tambalea.

¿Ya encontramos nuestro nicho ecológico?

Cada especie, en cualquier ecosistema, tiene un papel. Puede polinizar, ser presa, regular poblaciones, formar refugios, iniciar ciclos reproductivos. Lo que hace especial a un ser vivo no es que “sea útil”, sino que está conectado a los demás. Es parte de un sistema complejo, dinámico, vivo.

Y entonces… ¿qué papel juega nuestra especie? ¿A qué contribuimos como humanos si nos desconectamos de todo lo que nos sostiene? La verdad incómoda es que nunca aprendimos a encontrar nuestro lugar.

No nos incluimos en los sistemas naturales. Creamos uno propio. Un sistema artificial donde lo que cuenta no es la vida, sino la producción. Donde desde que naces, ya tienes que pagar por existir.

El sistema artificial que asumimos como natural

Desde pequeños nos enseñan a “prepararnos” para el futuro. Pero ese futuro está encadenado a un sistema que no construimos, que no elegimos, y que pocas veces nos cuestionamos. Nos enseñan a producir dinero, pero no a producir vida.

Sabemos usar Excel, pero no sembrar una papa. Pagamos por agua, pero no sabemos filtrarla y en medio de todo, creemos que esa es la única forma posible de vivir.

¿Te enseñaron en la escuela cómo leer el clima para saber cuándo sembrar? ¿A construir un refugio con materiales que puedas regenerar? ¿A cocinar con energía solar o aprovechar tus residuos para generar gas? No. Porque el sistema no quiere que seas autosuficiente. Quiere que seas productiva. Que consumas.

Y mientras más desconectadas estamos de lo básico, más vulnerables nos volvemos.

El capibara albino y la crueldad del error

Imagina un capibara que nace completamente blanco. En un campo nevado, sería perfecto. Pero nace en medio de la selva. Ahí, ser blanco te convierte, literalmente en “blanco fácil”. El capibara no pidió nacer así. Tampoco puede cambiar su color. Y si nadie le enseña a esconderse, a moverse distinto, su fin es casi inevitable.

Ese capibara no es “culpable” de nada. Pero su ”error” —un error genético, ecológico, evolutivo— sirve como filtro. Y ese filtro se repite una y otra vez, especie tras especie, hasta que algunas lo superan… y otras no.

Nosotros tampoco elegimos las condiciones en las que nacimos. Pero sí elegimos qué hacemos con ellas. La diferencia es que a nosotros sí nos queda tiempo para cambiar. Tal vez poco, tal vez incómodo, pero tal vez suficiente, si aprendemos a ver el problema.

El espejo de los trilobites

Los trilobites reinaron los océanos durante más de 270 millones de años. Estaban por todas partes. Dominaban el mundo marino. Y de pronto, la vida se les acabó. Una serie de cambios brutales en el clima, las condiciones del agua y la atmósfera los borraron del mapa.

Lo increíble es que ellos no tenían forma de evitarlo. Nosotros sí. Nosotros somos la erupción. El químico. El cambio súbito. Y seguimos convencidos de que con una app de purificadores de aire, vamos a sobrevivir como si nada.

La fragilidad del sistema (y lo rápido que puede colapsar)

No hace falta un meteorito. Basta una combinación de ignorancia, ego y emociones mal gestionadas para destruir lo que nos sostiene. La pandemia nos dio una probadita. Pero no fue la primera vez ni la más grave en la que hubo un colapso.

Ahí están la Gran Niebla de Londres (1952), Bhopal (India, 1984), Chernóbil (1986).

Y más cerca, las fugas de amoníaco, las sequías inducidas, las comunidades sin agua porque una minera consume el 70% del líquido disponible. El sistema es mucho más frágil de lo que aparenta.

¿Y ahora qué?

No estoy diciendo que nos aislemos en cuevas ni que odiemos todo lo moderno. Estoy diciendo que tenemos que dejar de actuar como si este sistema fuera eterno e incuestionable. Porque no lo es. Porque ningún sistema que atente contra la vida puede sostenerse para siempre. Porque si no aprendemos a incomodarnos un poco ahora, la incomodidad será forzada después.

La buena noticia es que aún hay tiempo. No para volver al pasado. Pero sí para imaginar y construir algo distinto, algo que no base su éxito en cuánto produce, sino en cuánto regenera, algo que no nos aleje de la vida, sino que nos devuelva a ella.

No necesitamos más desarrollo. Necesitamos reestructuración.

Seguir hablando de “desarrollo sustentable” es insistir en una contradicción: crecer sin destruir, extraer sin agotar, progresar sin excluir y la verdad es que ya no necesitamos crecer más.

Lo que sí necesitamos es una reestructuración sostenible: Una forma distinta de habitar este planeta con lo que ya tenemos. No más destrucción disfrazada de progreso. No más elitismo verde donde solo quien puede pagar tiene acceso a lo “sustentable”. No más comodidad a costa de lo vital.

Reestructurar implica reponer lo que tomamos, restaurar lo que dañamos y, sobre todo, poner la protección del ambiente como prioridad, no como adorno.

Eso sí podría asegurar un mundo habitable para las generaciones futuras.

Ya no basta con “no hacer daño”.

Es hora de hacer bien.

Y hacerlo ya.

¿Te interesa saber más?

Te recomiendo los siguientes conceptos: ecosocialismo, eco villas.

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